13 sept. 2010

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE BAYLY

Por: Miguel Pacheco Pretel





Hace unos días veíamos por televisión al escritor Jaime Bayly mostrando y celebrando su relación con una mujer veinticuatro años menor que él. Declaró, al estilo que nos tiene acostumbrados, dando detalles que limitan con lo perverso, siendo perturbadoramente minucioso en algunos detalles de su vida sentimental y sexual.
No dejemos de tomar en cuenta a otros ejemplos menos mediáticos como el cantante de cumbia Lucho Cuellar y el cómico Pablo Villanueva (Melcochita).
Estos personajes han actualizado el tema de las relaciones amorosas entre sujetos con mucha diferencia de edad. Ante lo cual, hay desde los que condenan estas relaciones hasta los convertidos amantes de las “ninfas”; y no olvidemos a los que esbozan una sonrisa solapada que los convierte en cómplices inconscientes en el deseo por probar una relación casi incestuosa.
No voy a enumerar juicios de valor al respecto, por el contrario, intentaré ofrecer ciertas luces acerca de lo que me han interpelado mis alumnos y colegas:
¿Qué lleva a un hombre y a una mujer muy menor, iniciar una relación que es social y afectivamente complicada?
Estructuraré mi ensayo de explicación en tres vectores:



- El hombre maduro
- La adolescente-mujer
- El inconsciente del amor

El hombre maduro: sabemos que el varón adulto maduro debe comenzar a convivir con el preludio de la pérdida de su homeostasis corporal, la cual incluye una declinación vertiginosa de la capacidad durativa, repetitiva y potencial de su rendimiento sexual. La psicología ofrece una explicación simple de esta conducta varonil:


“No quiere aceptar que su capacidad sexual ya no es la misma de antes”




Esto se traduce como una negación de la realidad. Los varones atacados por esta “patología” fueron varones destacados por su libido exacerbada, no necesariamente exitosa o meritoria. Ellos buscan entonces, probarle al entorno que aún pueden, que no han sido dados de baja por incapacidad física en el arte amatorio . Es su grito de poder que los llenará de satisfacción onanista al encontrarse con su propio eco: “todavía puedo…edo…edo…edo…”. Pero, nadie los ratifica, pareciera que fracasan, pese a sus denodados intentos.

La adolescente-mujer: en su avance sin límites en la conquista de espacios, la mujer no se sacia con trascender en temas políticos, económicos o sociales, al parecer también quiere demostrar su potencial en el manejo de las relaciones afectivas. Debo admitir que esta afirmación parece no soportar una pesquisa psicológica, pero si lo pensamos bien, el desarrollo humano femenino está caracterizado por quemar más rápido sus etapas, superándose a ellas mismas en todos los aspectos. Es decir, una adolescente puede lograr alcanzar, más prontamente, una comprensión de las implicancias de participar en un idilio con esas características, obteniendo para sí un saldo muy rentable: experiencia y estabilidad amorosa/económica.

El inconsciente del amor: indagar en el inconsciente amoroso es una odisea apasionante. Dada la complejidad de esta aventura, sólo daré un bosquejo de lo que se trata este vector.
El inicio de una relación con mucha diferencia de edad obedece a mecanismos inconscientes, les ofrece la ilusión de satisfacer sus deseos inconscientes.



El inconsciente masculino se caracteriza por la elección de un objeto amoroso al cual poseer hasta el punto de ponerlo en “el lugar del muerto”. El deseo del varón sólo puede funcionar con la condición sine qua non de que el objeto amable y amado funcione como un muerto. Por sobre todo le conviene que el otro no pida, que es lo mismo que decir que no debe faltarle nada, a partir de lo cual el varón se esfuerza por controlar y dominar la muerte de su compañera amorosa deseante: “A ella no le falta nada…tiene todo en la casa…No necesita trabajar…, y todo en armonía. Todas estas frases estereotipadas nos recuerdan que el objeto de amor no tiene nada que pedir, que está colmado, al abrigo de la necesidad, encerrado en su burbuja. Al respecto, una pareja mucho menor suele aceptar con mayor facilidad dichas condiciones y se somete a cambio de satisfacer sus aspiraciones inconscientes.
De hecho, el varón mantiene un gusto inmoderado por la prisión amorosa. Se desvive para que su objeto de amor conozca los privilegios de una cárcel de primera clase. Además, para no excederse, puede esforzarse por ennoblecer a su objeto amoroso afeándolo. Este es uno de los homenajes más refinados que puede brindarle, ya que aun con sus galas poco favorables, lo ama igual, es decir tanto más cuanto que el objeto es cada vez más indeseable. Por lo demás, cuanto más indeseable se revela la pareja amorosa, más se justifica que esté bien muerto. Recordemos, al respecto, las estrategias de la mayoría de varones, que enfundan a sus compañeras femeninas en una armadura indumentaria dispuesta de tal manera que no se vea nada comprometedor, en nombre de un sin número de racionalizaciones sobre las “leyes del mejor gusto y del buen vestir”, como: “Eso te hace ver como una cualquiera…con esa ropa parece que estas buscando marido…ya eres madre y no te puedes poner eso”, etcétera.




Del lado femenino, la relación con su propio padre suele ser objeto de una dialéctica ambivalente para la identificación. De hecho, en el discurso femenino el padre está constantemente significado como un objeto que alterna entre lo positivo y negativo. Así como puede presentarlo como un objeto de amor, del mismo modo ese objeto es un objeto de amor caído que reclama enternecimiento. Innumerables fórmulas de la vida cotidiana atestiguan dicha ambigüedad: “Mi madre no es la mujer que le conviene a mi padre”, “A causa de ella él es el que es”. Ahora bien, “lo que él es” es siempre más o menos la manera de evocar a ese padre impotente, víctima de la adversidad femenina, es decir un padre insatisfecho que merece un apoyo. Una posibilidad muy diferente puede conducir a la mujer a una actitud diametralmente opuesta, es decir, deliberadamente hostil hacia su padre, quien es considerado entonces como responsable de la desdicha familiar. El padre es un tirano que aniquila simultáneamente a la madre y a la hija, en cuyo caso se impone sostener a la madre. Estos dos casos de la posición femenina en relación con el padre tienen algo en común. Tanto en un caso como en el otro, ella ahorra su propio deseo: por un lado está sujeta al deseo del otro, el padre víctima de una mujer que no la ha comprendido; por el otro, se pone al servicio de la causa materna. No hace falta más para que la “pre-mujer” sea movilizada a intentar hacerse cargo del deseo paterno insatisfecho y a buscar la repuesta a la pregunta de ¿qué es ser una “mujer”? Puede hacerse cargo de esto de múltiples maneras. Un caso típico es el motivo de este escrito, la nueva mujer obtiene la promesa de respuestas satisfactorias a sus preguntas y de vivencias que lo confirmarán. Ella se “coagula” en una relación donde su objeto amoroso está investido con la imagen paterna víctima y poseedora de sabiduría sexual que le otorgará las insignias de mujer.



En conclusión, la incertidumbre que aniquila a la adolescente-mujer explica en gran medida su afinidad con las infamias del varón maduro. Como es lógico, en semejante encuentro, una desgracia nunca viene sola… Más vale ser solidarios.

13 sept. 2010

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE BAYLY

Por: Miguel Pacheco Pretel





Hace unos días veíamos por televisión al escritor Jaime Bayly mostrando y celebrando su relación con una mujer veinticuatro años menor que él. Declaró, al estilo que nos tiene acostumbrados, dando detalles que limitan con lo perverso, siendo perturbadoramente minucioso en algunos detalles de su vida sentimental y sexual.
No dejemos de tomar en cuenta a otros ejemplos menos mediáticos como el cantante de cumbia Lucho Cuellar y el cómico Pablo Villanueva (Melcochita).
Estos personajes han actualizado el tema de las relaciones amorosas entre sujetos con mucha diferencia de edad. Ante lo cual, hay desde los que condenan estas relaciones hasta los convertidos amantes de las “ninfas”; y no olvidemos a los que esbozan una sonrisa solapada que los convierte en cómplices inconscientes en el deseo por probar una relación casi incestuosa.
No voy a enumerar juicios de valor al respecto, por el contrario, intentaré ofrecer ciertas luces acerca de lo que me han interpelado mis alumnos y colegas:
¿Qué lleva a un hombre y a una mujer muy menor, iniciar una relación que es social y afectivamente complicada?
Estructuraré mi ensayo de explicación en tres vectores:



- El hombre maduro
- La adolescente-mujer
- El inconsciente del amor

El hombre maduro: sabemos que el varón adulto maduro debe comenzar a convivir con el preludio de la pérdida de su homeostasis corporal, la cual incluye una declinación vertiginosa de la capacidad durativa, repetitiva y potencial de su rendimiento sexual. La psicología ofrece una explicación simple de esta conducta varonil:


“No quiere aceptar que su capacidad sexual ya no es la misma de antes”




Esto se traduce como una negación de la realidad. Los varones atacados por esta “patología” fueron varones destacados por su libido exacerbada, no necesariamente exitosa o meritoria. Ellos buscan entonces, probarle al entorno que aún pueden, que no han sido dados de baja por incapacidad física en el arte amatorio . Es su grito de poder que los llenará de satisfacción onanista al encontrarse con su propio eco: “todavía puedo…edo…edo…edo…”. Pero, nadie los ratifica, pareciera que fracasan, pese a sus denodados intentos.

La adolescente-mujer: en su avance sin límites en la conquista de espacios, la mujer no se sacia con trascender en temas políticos, económicos o sociales, al parecer también quiere demostrar su potencial en el manejo de las relaciones afectivas. Debo admitir que esta afirmación parece no soportar una pesquisa psicológica, pero si lo pensamos bien, el desarrollo humano femenino está caracterizado por quemar más rápido sus etapas, superándose a ellas mismas en todos los aspectos. Es decir, una adolescente puede lograr alcanzar, más prontamente, una comprensión de las implicancias de participar en un idilio con esas características, obteniendo para sí un saldo muy rentable: experiencia y estabilidad amorosa/económica.

El inconsciente del amor: indagar en el inconsciente amoroso es una odisea apasionante. Dada la complejidad de esta aventura, sólo daré un bosquejo de lo que se trata este vector.
El inicio de una relación con mucha diferencia de edad obedece a mecanismos inconscientes, les ofrece la ilusión de satisfacer sus deseos inconscientes.



El inconsciente masculino se caracteriza por la elección de un objeto amoroso al cual poseer hasta el punto de ponerlo en “el lugar del muerto”. El deseo del varón sólo puede funcionar con la condición sine qua non de que el objeto amable y amado funcione como un muerto. Por sobre todo le conviene que el otro no pida, que es lo mismo que decir que no debe faltarle nada, a partir de lo cual el varón se esfuerza por controlar y dominar la muerte de su compañera amorosa deseante: “A ella no le falta nada…tiene todo en la casa…No necesita trabajar…, y todo en armonía. Todas estas frases estereotipadas nos recuerdan que el objeto de amor no tiene nada que pedir, que está colmado, al abrigo de la necesidad, encerrado en su burbuja. Al respecto, una pareja mucho menor suele aceptar con mayor facilidad dichas condiciones y se somete a cambio de satisfacer sus aspiraciones inconscientes.
De hecho, el varón mantiene un gusto inmoderado por la prisión amorosa. Se desvive para que su objeto de amor conozca los privilegios de una cárcel de primera clase. Además, para no excederse, puede esforzarse por ennoblecer a su objeto amoroso afeándolo. Este es uno de los homenajes más refinados que puede brindarle, ya que aun con sus galas poco favorables, lo ama igual, es decir tanto más cuanto que el objeto es cada vez más indeseable. Por lo demás, cuanto más indeseable se revela la pareja amorosa, más se justifica que esté bien muerto. Recordemos, al respecto, las estrategias de la mayoría de varones, que enfundan a sus compañeras femeninas en una armadura indumentaria dispuesta de tal manera que no se vea nada comprometedor, en nombre de un sin número de racionalizaciones sobre las “leyes del mejor gusto y del buen vestir”, como: “Eso te hace ver como una cualquiera…con esa ropa parece que estas buscando marido…ya eres madre y no te puedes poner eso”, etcétera.




Del lado femenino, la relación con su propio padre suele ser objeto de una dialéctica ambivalente para la identificación. De hecho, en el discurso femenino el padre está constantemente significado como un objeto que alterna entre lo positivo y negativo. Así como puede presentarlo como un objeto de amor, del mismo modo ese objeto es un objeto de amor caído que reclama enternecimiento. Innumerables fórmulas de la vida cotidiana atestiguan dicha ambigüedad: “Mi madre no es la mujer que le conviene a mi padre”, “A causa de ella él es el que es”. Ahora bien, “lo que él es” es siempre más o menos la manera de evocar a ese padre impotente, víctima de la adversidad femenina, es decir un padre insatisfecho que merece un apoyo. Una posibilidad muy diferente puede conducir a la mujer a una actitud diametralmente opuesta, es decir, deliberadamente hostil hacia su padre, quien es considerado entonces como responsable de la desdicha familiar. El padre es un tirano que aniquila simultáneamente a la madre y a la hija, en cuyo caso se impone sostener a la madre. Estos dos casos de la posición femenina en relación con el padre tienen algo en común. Tanto en un caso como en el otro, ella ahorra su propio deseo: por un lado está sujeta al deseo del otro, el padre víctima de una mujer que no la ha comprendido; por el otro, se pone al servicio de la causa materna. No hace falta más para que la “pre-mujer” sea movilizada a intentar hacerse cargo del deseo paterno insatisfecho y a buscar la repuesta a la pregunta de ¿qué es ser una “mujer”? Puede hacerse cargo de esto de múltiples maneras. Un caso típico es el motivo de este escrito, la nueva mujer obtiene la promesa de respuestas satisfactorias a sus preguntas y de vivencias que lo confirmarán. Ella se “coagula” en una relación donde su objeto amoroso está investido con la imagen paterna víctima y poseedora de sabiduría sexual que le otorgará las insignias de mujer.



En conclusión, la incertidumbre que aniquila a la adolescente-mujer explica en gran medida su afinidad con las infamias del varón maduro. Como es lógico, en semejante encuentro, una desgracia nunca viene sola… Más vale ser solidarios.
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