21 oct. 2009

EL FRACASO ESCOLAR

El fracaso, opuesto al éxito, implica un juicio de valor, y este valor es función de un ideal. El sujeto se construye persiguiendo las ideas que se le proponen a lo largo de su existencia. De esta manera es el producto de esas identificaciones sucesivas que forman su personalidad. Estos ideales son esencialmente los de su entorno sociocultural y los de su familia, la cual está marcada por los valores de la sociedad a la que pertenece. Si embargo, esos ideales varían de una cultura a otra, lo que se valora en ciertos medios puede ser despreciado en otros. La fuerza física, por ejemplo, la habilidad, el coraje, la combatividad, el desprecio por la muerte, pueden ser colocados muy por encima de cualquier valor intelectual.
El ideal también puede ser dictado por los valores familiares que son transmitidos de generación en generación. El sujeto se conforma o se opone a esos valores, puede intentar parecerse a ciertos personajes que los ilustran. Construye así su personalidad identificándose a personajes que admira o ama, adhiriéndose a valores que juzga estimables y que desea adquirir. Sucede que, en nuestras sociedades occidentales, el éxito, el dinero, la posesión de bienes y el poder que se desprende de todo eso, representa el punto más alto de los valores que cada uno sueña poseer.

Triunfar en la escuela, representa una forma de garantía para lograr en el futuro una buena situación, y como consecuencia gozar de la capacidad para el consumo. Significa también “ser alguien”, es decir tener un lugar imaginario, ser respetado, admirado, etc. El fracaso escolar prefigura la renuncia a todo esto, el renunciamiento al placer. Cuando se habla del porvenir de un niño en situación de fracaso escolar, muy a menudo se invoca la posibilidad de que se convierta en un vagabundo. Para muchos niños ésta es la cosa temida, angustiante, “si no trabajan en la escuela, serán unos…”. Pueden existir conflictos entre las instancias subjetivas que gobiernan a un sujeto. Tomemos el ejemplo clásico del adolescente brillante que fracasa bruscamente en sus estudios, porque se prohíbe sobrepasar a un padre que, por su parte, no ha triunfado jamás. Un conflicto entre identificaciones puede paralizar al sujeto y bloquear toda realización. Esto se ve con frecuencia en el período adolescente; en el adulto, los conflictos repelidos reaparecen en las organizaciones neuróticas.






La Demanda…

…de los padres: El niño más pequeño escucha desde muy temprano la demanda que se le hace: debe aprender, debe triunfar. Desde el jardín de infantes, algunos padres se inquietan por los rendimientos intelectuales de su hijo y por sus posibilidades de éxito, a veces quieren hacerle “saltar” el último año del jardín, ¡porque un año adelantado siempre es útil para la preparación de los concursos, más adelante! El niño comprende perfectamente que debe responder a una expectativa. El éxito es en realidad ese objeto de satisfacción que él debe procurar a sus padres, las buenas notas, los buenos comentarios, están destinados a procurarles placer. Puede responder dócilmente a esta expectativa durante un cierto tiempo pero, tarde o temprano, solo frente a una hoja en blanco o a una tarea a realizar, se verá confrontado con su propio deseo.
Más allá de esta demanda paterna, existe la presión social de la que hemos hablado, que se ejerce sobre todos y engendra una sorda angustia que el niño no logra determinar.
¿Por qué el éxito escolar ocupa un lugar tan grande en la vida de nuestros contemporáneos, niños, padres, educadores, gobernantes? ¿Cuáles proyectos, qué fantasmas recubre esta aspiración al éxito?

…del cuerpo educador: Este discurso de éxito no es mantenido solamente por los padres, los niños lo escuchan también de sus maestros, quienes por su parte también tienen un contrato que cumplir. Ellos también están sometidos a un imperativo de éxito, la clase de la que son responsables debe ser lo suficientemente eficiente como para que la mayoría de los alumnos pase al siguiente nivel académico. Entonces, los buenos resultados de los alumnos son los que hacen que los buenos maestros sean reconocidos por la superioridad jerárquica: dirección, coordinación, etc., y por los padres de los alumnos. La angustia que engendra esta competitividad, si bien se manifiesta en todos los niveles, nos parece especialmente nociva durante los primeros años de aprendizaje escolar. La inquietud vinculada al rendimiento suscita un cuestionamiento permanente sobre el niño: ¿va a pasar de grado?¿tiene la “madurez” necesaria?¿tiene todas las capacidades intelectuales que se le suponían? Los juicios que se hagan sobre él van a tener profundas consecuencias, a veces determinantes para la continuidad de su escolaridad, porque pueden modificar e incluso deteriorar en alto grado sus relaciones con el entorno. Muchas veces el niño no puede diferenciar entre un juicio de valor y el amor que se le tiene. Para él, ser un mal alumno es ser un mal niño, un mal hijo.




El Fracaso escolar como revelación del Sujeto



La característica del síntoma tiene múltiples significados; da cuenta de los diferentes estratos de la constitución del sujeto. Cuando “la pulsión de saber” está privada el deseo se queda en la puerta. De la misma manera que en un problema psicológico, el sujeto en estado de fracaso escolar pondrá toda su energía para “no saber nada”. “El síntoma del niño se encuentra en el lugar de la respuesta a lo que hay de problemático en la estructura familiar”. Esta afirmación se confirma cuando escuchamos a un niño en atención psicológica. Es cierto que el niño sigue siendo un objeto apresado en la dinámica de sus padres, es parte receptora de los fantasmas y deseos de su padre y madre. A través de los requerimientos que se le imponen toma conciencia: come, haz caca, sé bello, limpio, amable, trabajador, etc. A través de estas demandas, se plantea la cuestión de lo que el Otro desea: me pide esto pero ¿qué es lo que quiere? Si el niño se dedica únicamente a satisfacer la demanda del Otro, corre el riesgo de quedar entrampado en su “status de objeto”. Detrás de la demanda, deberá olfatear qué es lo que hay de deseo y qué es lo que hay de amor. Solamente al medir las incertidumbres y los límites del Otro podrá liberarse de su dominio y construirse como: Ser de Deseo, y así desear El Saber.

21 oct. 2009

EL FRACASO ESCOLAR

El fracaso, opuesto al éxito, implica un juicio de valor, y este valor es función de un ideal. El sujeto se construye persiguiendo las ideas que se le proponen a lo largo de su existencia. De esta manera es el producto de esas identificaciones sucesivas que forman su personalidad. Estos ideales son esencialmente los de su entorno sociocultural y los de su familia, la cual está marcada por los valores de la sociedad a la que pertenece. Si embargo, esos ideales varían de una cultura a otra, lo que se valora en ciertos medios puede ser despreciado en otros. La fuerza física, por ejemplo, la habilidad, el coraje, la combatividad, el desprecio por la muerte, pueden ser colocados muy por encima de cualquier valor intelectual.
El ideal también puede ser dictado por los valores familiares que son transmitidos de generación en generación. El sujeto se conforma o se opone a esos valores, puede intentar parecerse a ciertos personajes que los ilustran. Construye así su personalidad identificándose a personajes que admira o ama, adhiriéndose a valores que juzga estimables y que desea adquirir. Sucede que, en nuestras sociedades occidentales, el éxito, el dinero, la posesión de bienes y el poder que se desprende de todo eso, representa el punto más alto de los valores que cada uno sueña poseer.

Triunfar en la escuela, representa una forma de garantía para lograr en el futuro una buena situación, y como consecuencia gozar de la capacidad para el consumo. Significa también “ser alguien”, es decir tener un lugar imaginario, ser respetado, admirado, etc. El fracaso escolar prefigura la renuncia a todo esto, el renunciamiento al placer. Cuando se habla del porvenir de un niño en situación de fracaso escolar, muy a menudo se invoca la posibilidad de que se convierta en un vagabundo. Para muchos niños ésta es la cosa temida, angustiante, “si no trabajan en la escuela, serán unos…”. Pueden existir conflictos entre las instancias subjetivas que gobiernan a un sujeto. Tomemos el ejemplo clásico del adolescente brillante que fracasa bruscamente en sus estudios, porque se prohíbe sobrepasar a un padre que, por su parte, no ha triunfado jamás. Un conflicto entre identificaciones puede paralizar al sujeto y bloquear toda realización. Esto se ve con frecuencia en el período adolescente; en el adulto, los conflictos repelidos reaparecen en las organizaciones neuróticas.






La Demanda…

…de los padres: El niño más pequeño escucha desde muy temprano la demanda que se le hace: debe aprender, debe triunfar. Desde el jardín de infantes, algunos padres se inquietan por los rendimientos intelectuales de su hijo y por sus posibilidades de éxito, a veces quieren hacerle “saltar” el último año del jardín, ¡porque un año adelantado siempre es útil para la preparación de los concursos, más adelante! El niño comprende perfectamente que debe responder a una expectativa. El éxito es en realidad ese objeto de satisfacción que él debe procurar a sus padres, las buenas notas, los buenos comentarios, están destinados a procurarles placer. Puede responder dócilmente a esta expectativa durante un cierto tiempo pero, tarde o temprano, solo frente a una hoja en blanco o a una tarea a realizar, se verá confrontado con su propio deseo.
Más allá de esta demanda paterna, existe la presión social de la que hemos hablado, que se ejerce sobre todos y engendra una sorda angustia que el niño no logra determinar.
¿Por qué el éxito escolar ocupa un lugar tan grande en la vida de nuestros contemporáneos, niños, padres, educadores, gobernantes? ¿Cuáles proyectos, qué fantasmas recubre esta aspiración al éxito?

…del cuerpo educador: Este discurso de éxito no es mantenido solamente por los padres, los niños lo escuchan también de sus maestros, quienes por su parte también tienen un contrato que cumplir. Ellos también están sometidos a un imperativo de éxito, la clase de la que son responsables debe ser lo suficientemente eficiente como para que la mayoría de los alumnos pase al siguiente nivel académico. Entonces, los buenos resultados de los alumnos son los que hacen que los buenos maestros sean reconocidos por la superioridad jerárquica: dirección, coordinación, etc., y por los padres de los alumnos. La angustia que engendra esta competitividad, si bien se manifiesta en todos los niveles, nos parece especialmente nociva durante los primeros años de aprendizaje escolar. La inquietud vinculada al rendimiento suscita un cuestionamiento permanente sobre el niño: ¿va a pasar de grado?¿tiene la “madurez” necesaria?¿tiene todas las capacidades intelectuales que se le suponían? Los juicios que se hagan sobre él van a tener profundas consecuencias, a veces determinantes para la continuidad de su escolaridad, porque pueden modificar e incluso deteriorar en alto grado sus relaciones con el entorno. Muchas veces el niño no puede diferenciar entre un juicio de valor y el amor que se le tiene. Para él, ser un mal alumno es ser un mal niño, un mal hijo.




El Fracaso escolar como revelación del Sujeto



La característica del síntoma tiene múltiples significados; da cuenta de los diferentes estratos de la constitución del sujeto. Cuando “la pulsión de saber” está privada el deseo se queda en la puerta. De la misma manera que en un problema psicológico, el sujeto en estado de fracaso escolar pondrá toda su energía para “no saber nada”. “El síntoma del niño se encuentra en el lugar de la respuesta a lo que hay de problemático en la estructura familiar”. Esta afirmación se confirma cuando escuchamos a un niño en atención psicológica. Es cierto que el niño sigue siendo un objeto apresado en la dinámica de sus padres, es parte receptora de los fantasmas y deseos de su padre y madre. A través de los requerimientos que se le imponen toma conciencia: come, haz caca, sé bello, limpio, amable, trabajador, etc. A través de estas demandas, se plantea la cuestión de lo que el Otro desea: me pide esto pero ¿qué es lo que quiere? Si el niño se dedica únicamente a satisfacer la demanda del Otro, corre el riesgo de quedar entrampado en su “status de objeto”. Detrás de la demanda, deberá olfatear qué es lo que hay de deseo y qué es lo que hay de amor. Solamente al medir las incertidumbres y los límites del Otro podrá liberarse de su dominio y construirse como: Ser de Deseo, y así desear El Saber.
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